viernes, 13 de febrero de 2009

Nihao, Estrella

Ser solidario es ayudar a alguien que sea feliz, aunque tengas que quitar parte de tu felicidad para dársela a esa persona.
Antes pensaba que la solidaridad no existía, que en un mundo donde las guerras y la avaricia eran el pan de cada día no podía existir aquello.
Debería de contaros cómo conseguí descubrir que la solidaridad era real. Así que lo mejor será que comience por lo esencial.
Me llamo Lin Zhu.
Vivía en Changshu, una pequeña ciudad muy cercana a Shangai.
Me gustaba esa ciudad, no sé por qué. Yo iba a uno de esos tantos institutos normales que había allí, tenía unos amigos normales, vivía en un sitio normal…Vamos, era todo tan monótono que llegaba a ser aburrido. Changshu tenía carreteras, pisos y contaminación, pero, a pesar de todo, me gustaba.
Un día, mis padres se empeñaron en enseñarme español. Yo no entendía por qué. Inglés vale, tal vez francés, pero español…Terminé por resignarme y, poco a poco, aprender.
Un año después, cuando terminé de entender el castellano, mis padres me lo revelaron todo.
Teníamos que irnos a vivir a España.
Ellos me explicaron que por motivos económicos teníamos que irnos. Yo lo comprendí. Y, aunque en el fondo no quería irme de mi Changshu, sabía que no nos quedaba otro remedio mejor.
Dos semanas después, cogimos un vuelo directo a aquel nuevo país.
Los primeros días me los pasaba, junto con mi madre, desembalando cajas y limpiando a fondo nuestro nuevo hogar: un pequeño apartamento. Mientras, mi padre atendía en un local que teníamos alquilado. Era una pequeña tienda de distintos alimentos y bebidas. Estábamos los tres tan ocupados que no nos daba tiempo ni a apenarnos y echar de menos China. Hasta me dejaron adoptar un nombre español. Yo me puse “Estrella”, me gustaba esa música con la que sonaba al mezclar el nombre con el viento.
Un día, mi madre me llevó a apuntarme a un instituto. Tras una pequeña entrevista y registrar mi nombre, el de mis padres, el teléfono y otras cosas más o menos importantes, me comunicaron que podría empezar a estudiar la semana que viene.
Los siguientes días me los pasé intentando conseguir los libros –Que, en pleno Noviembre era algo realmente difícil- Libretas y demás materiales.
Y, sin darme cuenta, llegó el lunes.
Entré en el instituto a las ocho en punto, nerviosa y sobre todo intimidada. Me pusieron en la clase de 3º B
El instituto aquel era increíblemente grande, con una fachada de ladrillos al descubierto y, el recreo, plagado de árboles y hiedra. Me gustaba.
Me colé en la clase intentando no llamar la atención, pero el profesor, que parecía querer arruinarme el plan de pasar desapercibida, me hizo ponerme ante toda la clase y decir mi nombre, que venía de China y etcétera. Cuando, por fin, acabó esa mini tortura, me hizo sentarme en un sitio del final. Los demás alumnos dedicaron el resto de la clase a mirarme descaradamente. Yo, simplemente, bajaba la cabeza con un obvio sonrojo.
Lo peor de todo fue la hora del recreo.
Todos se abalanzaron a mí, bombardeándome a preguntas, que yo a duras penas podía contestar, me las decían tan rápido que hasta me costaba entenderlas.
Tras un rato, cada uno se fue yendo con sus respectivos amigos, y yo, poco a poco, me quedé sola. Me senté en un escalón, y comencé a comerme el bocadillo.
Miré al cielo, estaba cubierto de nubes, en un color entre gris y plateado. Me gustaba el cielo de España, aunque estuviera nublado.
Recordé que mi padre me dijo que a esta ciudad venían muchos pintores por los colores del cielo. Noté un tacto frío en mi espalda. Me sobresalté y miré hacia atrás. Sí, tenía una mano en el hombro, era de una chica que me figuré que tendría mi edad. Era morena con el pelo largo y ligeramente ondulado. Tenía unos grandes ojos marrones que me miraban inquietos.
–Hola- dijo la chica. -¿Qué tal?
–Buenos días. –Susurré. –Es…toy bien. Gracias.
–Soy Raquel ¿Y tú?- dijo sonriéndome.
–Mi nombre es Estrella.
Raquel tenía una sonrisa agradable. Parecía simpática. Yo también sonreí.
– ¿Estrella? –Repitió ella. Capté por qué esa duda.
–Bueno, Lin Zhu. Estrella es mi “nombre adoptado”. –Dije, haciendo un gesto con los dedos índice y corazón, encogiéndolos y poniéndolos rectos, cuando nombré las últimas dos palabras.
Raquel asintió, con una sonrisa.
El resto del tiempo se lo pasó hablándome de los profesores, del instituto en sí –Al parecer, tenía más de cincuenta años- Tras un buen rato charlando con Raquel, el timbre me sorprendió desagradablemente.
Pasaron otras tres horas de clases aburridas y, al fin, las clases terminaron.
Recogí los libros a tranquilamente y salí de clase la antepenúltima.
Di una larga caminata hasta la salida. Ya lo había dicho: Ese instituto era enorme. Después, llegué cansada a casa.
Comí con mi madre. Fregué los platos y me puse a estudiar. Cuando terminé ya estaba casi anocheciendo. Iba a ir a la tienda a ayudar un poco a mi padre, pero estaba tan cansada que al final no fui, y me quedé en casa mirando algunas fotos de mis amigos.
Al día siguiente fui al instituto sin muchas ganas.
Esta vez, a la gente de mi clase se les pasó aquello de ver la cara nueva y me dejaron en paz.
Cuando sonó el timbre del recreo, bajé y me senté de nuevo en las escaleras.
Tras un rato mirando a la nada mientras masticaba el pan, noté que alguien se sentó a mi lado.
–Buenos días, Raquel- Saludé.
–Nihao, Estrella.
Miré incrédula a Raquel.
–Me enseñó un amigo. Como eres de China, pues pensé que te gustaría que hablaran un poco en tu idioma.
Ella misma me contestó a todo lo que le iba a preguntar en esos momentos. Me hubiera gustado decirle algo mejor, pero estaba tan estupefacta que de mi boca solo salió un simple:
–Gracias.
–No es nada –Contestó sonriendo, de repente, pareció que recordaba algo- Oye, ¿Quieres que te enseñe el instituto?
–Vale.
Raquel se levantó y me tendió la mano, yo se la cogí y me ayudó a levantarme. Tenía una mano suave y cálida. La verdad es que es un gesto típico y hasta cotidiano, pero igualmente me pareció un gesto realmente bonito por su parte.
En el resto del recreo simplemente me enseñó las instalaciones más importantes. Lo esencial para no perderme, dicho de otro modo.
Ese día también el recreo se me antojó de corto. Tras pasar las tres últimas clases, de Lengua, Sociales y educación física –Donde había que ponerse un uniforme azul marino y amarillo, que, sinceramente, era tan bonito como una cucaracha aplastada- Y después de gimnasia, la salida.
Luego, después de comer por la tarde, había otro par de horas
Esta vez, salí la última a la clase. Cuando iba por la calle, me pararon dos chicos con poca intención de dejarme seguir con mi camino.
– ¿Qué pasa, chinita?- Dijo el más bajo de los dos, que, igual, me superaba bastante en altura
Pensé darme la vuelta e ir por otro camino, pero uno de ellos me había cogido de la muñeca. Los miré aterrada, a saber que me querían hacer.
–Déjame- susurré. –Ni se te ocurra tocarme.
–Mira, la novia de Jackie Chan nos vacila.
El tío que me cogió de la muñeca levantó la mano, con intención de pegarme. La primera defensa que se me ocurrió fue cerrar los ojos, mirar hacia abajo y colocar mi brazo libre delante de mi rostro. Por supuesto, esto no sirvió de mucho y entre los dos me pegaron en la cara durante un buen rato. Por suerte, no se les ocurrió darme golpes por el resto del cuerpo. Yo no pude hacer mucho más que gritar y pedir auxilio, pero nadie vino a ayudarme (Aunque quisiera creer que simplemente nadie me escuchó) Tras un buen rato pegándome, grité por última vez y me quedé inconsciente.
Me desperté al notar un olor realmente extraño, como agua oxigenada y yodo. Abrí poco a poco los ojos y comprobé que estaba en la habitación de un hospital. En seguida me toqué la cara. La notaba blanda, pero no era mi cara. Era esparadrapo y algodón. Miré la habitación. Sentada en una silla, leyendo una revista se encontraba mi madre. Ella levantó la mirada y se puso de pie estupefacta en cuanto me vio despierta. Se acercó corriendo y me abrazó con cuidado.
– ¡Mamá! ¿Qué me ha pasado?
Ella quitó sus brazos de mi cuerpo y se sentó en el borde de la camilla. Me cogió la mano y me miró con tristeza.
–Cariño…Has estado ingresada durante un par de días. Una chica te encontró por la calle y nos avisó. Menos mal que te has despertado. –Susurró, otra vez abrazándome.
Pude notar que se le escapó una tímida lágrima. Lo único que se me ocurrió fue devolverle el abrazo.
–Pero, ¿Quién fue? ¿La conoces?- La interrogué.
–No se quien era. El caso es que viene aquí desde que estás ingresada. Siempre a las siete.
Miré el reloj que estaba junto a la cama. Las siete y dos minutos. No tardaría en llegar.
En ese momento, se abrió un ligeramente la puerta. Asomó la cabeza esa chica que esperaba.
– ¿Puedo pasar? –susurró Raquel.
–Si, claro- contestó mi madre, sin reprimir la felicidad que le había causado verme despierta.
– ¡Estrella! –Gritó sorprendida, mientras caminaba hacia la camilla.
–Hola- dije en una mirada triste.
–No te preocupes. Ya verás como dentro de poco estarás genial.- Me dijo, mientras me daba un beso en la mejilla.
El resto del tiempo nos lo pasamos hablando, riendo y metiéndonos con los que me pegaron, que, al perecer, vivían frente a la casa de Raquel.
La tarde se me hizo muy llevadera. No me di cuenta de que llegó la noche, y ella no tuvo más remedio que marcharse. Antes de irse, me dijo:
–Vendré todos los días a verte. A las siete.
Y así fue. Allí estaba cada tarde Raquel, con su eterna sonrisa que cubría mis lágrimas.
Una semana después, me dieron el alta.
Como esperaba, los delicados y solidarios de mis compañeros se rieron por mi ojo hinchado ligeramente violeta y esa fea cicatriz que me habían dejado –Que, según el médico, si me la curaba bien, se me quitaría-
Mi única salvación en el instituto era Raquel. Ella era la única que conseguía que estar allí me gustara un poco más.
Siempre estaba conmigo. Nunca me abandonó.
Pero las cosas cambian y, tras terminar cuarto de ESO, nos graduamos. Ella escogió hacer una formación profesional…Y yo decidí volver a China. Porque esas burlas se estaban multiplicando, y tenía miedo de que me hicieran lo mismo que me hicieron mi segundo día de instituto en España
Y ya no la volví a ver. Cuando me casé, decidí volver a España con mi marido. Exactamente por la misma razón que mis padres: No teníamos dinero.
Abrimos el mismo negocio que ellos, que ya estaban cerca de la jubilación, y vivimos más o menos mejor que en Changsu.
Entonces, un día que paseaba por la calle escuché una frase que me era realmente familiar.
–Nihao, Estrella.
Me di la vuelta bruscamente y pude ver a una mujer joven, mucho más alta y guapa que yo. No parecía la misma chica, pero esos ojos marrones llenos de ilusión la delataban.
Se me escapó una lágrima y corrí a abrazarla. Ésa mujer era Raquel, la que fue y siempre será mi mejor amiga.
Fuimos a un pequeño bar a tomar algo y hablar de nuestros mejores recuerdos y de lo que nos había sucedido.
Raquel ya había cumplido los veintiséis años, no estaba casada y trabajaba en una oficina.
–También trabajo en otro sitio, pero ese es una sorpresa –Dijo en una sonrisa en los labios, seguidamente, bebió un trago de cerveza.
– ¿No me lo vas a decir? ¿Por qué no?
– ¿No te lo he dicho ya? Es una sorpresa. Mañana si quieres, te recojo y te llevo conmigo.
–Mañana es Domingo.
–Es que es un trabajo muy especial.
Miré a Raquel. A saber en que trabajo raro se había metido. El problema era que tenía tanta curiosidad, que acepté.
Al día siguiente, como prometió, vino a recogerme en su coche. Durante el viaje estuve un poco tensa. No sabía a donde me iba a llevar. Ya lo dice el refrán. La curiosidad mató al gato.
Cuando llegamos al destino me quedé estupefacta. No tenía nada que ver con lo que mi mente pensaba. Era algo mucho mejor.
Una asociación de muchísimas personas que estaban contra el bulling racial.
Raquel me explicó que venía aquí a ayudar a los niños y adolescentes extranjeros que se sentían fuera de lugar debido a que les insultaban, les pegaban y hasta les odiaban por el hecho de ser un poco diferentes.
–Esto era lo que te hacían a ti.-Dijo mirándome a los ojos.- Te trataban mal sólo por ser de otro país. Cuando volviste a China, imaginé que había mucha gente que tenía ese problema. Y pensé que podría ayudarles en el nombre de los que no lo hacen.
–…Como me ayudaste tu a mi –Susurré conmovida. Sin darme cuenta se me escapó una lágrima. Ella sonrió y me la secó con el dedo. –Eres increíble.
–Y bien, Estrellita… ¿Te unes? –dijo tendiéndome la mano y guiñándome el ojo.
Yo, en señal de aceptación cogí su mano, recordando aquel día en nuestro instituto, donde ella se levantó y me tendió la mano por primera vez. Y nunca, aunque estuvimos alejadas, me soltó.
Desde entonces, sigo viendo a Raquel…Y aún sigo ayudando a todos esos niños que se sienten como yo me sentí en su día. Por eso le agradezco a Raquel todo lo que hizo por mi…Ya sólo me queda decirte wo ai ni.




Este fue el relato ganador del concurso "Solidaridad en las letras", en la modalidad del instituto y, puedo decir con orgullo, ¡Que lo escribí yo! xD. No gané a nivel provincial, me gano una chica de teatinos(barrio de mi ciudad) xD pero sigo tan feliz!
xDD
En el personaje de Raquel me basé en una de mis hermanas mayores, del mismo nombre xD
En el de Estrella, una amiga mía.
Y, un dato curioso, el instituto en el que está basado la historia es mi antiguo colegio (Gamarra) y, puedo decir con...¿orgullo? que mi hermana Raquel fue la primera expulsada permanentemente de allí xDDD

2 comentarios:

Nemo dijo...

Woooow!!
Me encanta la historia, en serio. Me gustó el argumento y como la escribiste. Sinceramente, creo que todo el mundo escribe mejor que yo. En fin, ehorabuena por tu premio :D
saludines!

PD: A saber que hizo tu hermana para que la expulsaran xD

Sae T. dijo...

Gracias, Hoshi ^_^!!
Lo del "premio" es una manera de hablar, porque darme...no me dieron ni las gracias XD!
Ah, y el problema es que mi hermana no hacía ni el huevo y eso era un colegio de monjas... XD
Bueno, se cargó una persiana, copiaba en los exámenes y otras perradas XDD