Capítulo tercero.
Para Elisa.
En cuanto Jane salió de la habitación me senté en la cama. Me volví a levantar bruscamente. Me senté corriendo de nuevo. Decidí que era mejor levantarse. Me encontraba fatal. Andaba con nerviosismo de un lado para otro de la habitación. ¿Qué haría ahora? No iba a estar allí abusando de la hospitalidad de la familia de Eric para siempre, eso no me hacía ninguna gracia. Mi yo con halo y alas preguntaba y mi otro yo, el que tiene cuernos y rabo, contestaba
¿Dónde duermo?
Donde pilles, que si duermes al ladito de Angela tampoco te vas a morir. Ya te comprarán algo.
¿Cómo les compenso?
Trabajando
¿Trabajando en qué?
Ahí ya no encontré qué responderme a mí misma.
No me di cuenta de que estaba casi llorando de pánico. Dos minutos después, fui consciente de que Eric me miraba con cara ligeramente extrañada.
--¿Qué te pasa?- terminó por preguntarme.
-Que estoy hecha un lío.-Respondí de muy mala gana.
-¿Por qué?
Suspiré con fastidio.
-¡Que no tengo a donde ir! ¿¡No te das cuenta!?
-Puedes quedarte aquí. Ven-Me dijo con una sonrisa y dando palmaditas en el hueco junto al asiento donde estaba él.
-Me niego a sentarme junto a ti.
Sonrió.
-¿Por qué no?
Lo miré con desconfianza.
-Porque no.
-Eso no es una respuesta. Siéntate, por favor-Me rogó- Me gustaría que no llevásemos bien.
-Pues a mí no me gustaría.
-¿Por qué no?
Puse los ojos en blanco enfadada.
-¿Te quieres callar?
Salí enfadada de la habitación y bajé por las escaleras encaminada hacia la salida. Aunque me detuve en una de las habitaciones que más me impresionaron desde el principio, la habitación en forma circular. Me quedé sorprendida al ver que en el centro de la sala había un piano de cola blanco. Eso no estaba la última vez que entré en aquella habitación. Me acerqué pausadamente y miré el piano. Rocé con el dedo índice todas y cada una de las teclas. Probé a tocar el fa sostenido. Se escuchó angelicalmente.
Me senté en el taburete que había junto al piano de buena gana y comencé a tocar la sinfonía “Para Elisa”. Esbocé una sonrisa al ver que con ese instrumento perfecto se escuchaba cada nota maravillosamente. Me pregunté si volvería a ver alguna vez en mi vida un piano tan bien hecho. Era una pieza de coleccionista.
Estaba tan absorta tocando el piano que no me di cuenta que Angela se encontraba junto a mí, mirando sorprendida como tocaba el piano. Me llevé tal susto que en vez de terminar con la nota correspondiente terminé tocando una nota dos escalas mayores. La niña me miraba con una carita de un angelito curioso.
--¡Que bonito!
--Gracias- Dije sonriendo, me encantaba que las personas me dijeran que les gustaba cómo tocaba o cantaba, era como una compensación a todos mis esfuerzos de años por aprender.
--¿Cómo lo haces?
--Tocando.-La respuesta más obvia del mundo- Todos los días. Estudio mucho, e iba a una escuela.
--Solo mi papá toca tan bien.
--¿De verdad?
--Nuestro padre es músico- Oí de lejos a Eric. Lo vi acercarse a nosotras. Yo me levanté bastante enfadada. Y subí arriba con fastidio. No quería ni tan siquiera oír ni hablar a Eric. Si decía una sola palabra en mi presencia, seguramente diría o algo que me heriría o alguna estupidez enorme. Supuse que lo mejor era que me marchaba. ¿Por qué tenía aquella manía ese idiota de aparecer siempre que me sentía más o menos bien?
Cuando estaba subiendo la escalera con fastidio y, de repente, escuché a lo lejos la conversación de Eric con su hermanita:
--Eric, ¿Por qué se enfada ella?
--Bueno, no lo entenderías…
--¡Que sí que lo entenderé! ¡Cuéntamelo, Eric!
--Que no, pesada.
Cambié de idea, bajé la escalera rápidamente y entré de nuevo en la habitación redondeada y blanca, me apoyé en el marco de la puerta con los brazos cruzados, y contesté por Eric:
--Te diré lo que pasa, Angela…Lo que ocurre es que has tenido la mala suerte de tener un hermanito idiota. Lo siento de veras.
Angela miró a su hermano curiosa.
--Vaya quien lo dice, la que tira cuadros por la ventana y grita como una desquiciada.- Ese pesado ya estaba molestando otra vez-
--Si pretendes enfadarme, no lo conseguirás solo con esa nimiedad.-Pronuncié “nimiedad” un poco más fuerte que el resto de la frase.
--No pretendía enfadarte, de hecho, me eres indiferente.-Eso me hirió, que te digan eso, sea quien sea el que lo diga, duele, pero tenía que disimular, aunque no pude evitar mirarle con recelo- Ya me disculpé una vez, no te lo voy a pedir dos veces.
--¿Perdona? ¿Has dicho algo? ¡Vaya! ¡Es que hace un viento que no oigo nada!-Si pensaba que me iba a quedar calladita y llorando en un rincón lo llevaba claro.
Vi que me miraba mal y que soltó un pequeño gruñido por lo bajo, lo conseguí molestar.
Me di media vuelta y sonreí, por fin conseguí quitarme a Eric de encima. Cogí a su hermana de la mano –Creo que hasta ella era más adulta que ese niñato, y él tendría diez años más o algo así.-
--Vamos, Angela, jugaremos tú y yo a lo que quieras.
--¿De verdad?-Parecía contenta. Hasta diría que se le iluminó la cara y le brillaron más los ojos.
--Pues claro. –Me había enamorado de la ternura e inocencia de la pequeña.
La hermana de Eric me caía realmente bien, si se dejaba convencer y me convertía en la hermana mayor que nunca tuvo-y ella en la hermanita pequeña que nunca tuve- como antes dije, podría hacer que se pusiera en contra de Eric. No sería tarea fácil, pero valdría la pena intentarlo.
Angela se bajó de mis brazos y subió corriendo y felizmente a su habitación. Yo la seguí un poco más pausada.
Cuando entré en la habitación ella se hallaba sentada junto al baúl, sacando muñequitas y más muñequitas de porcelana.
Una, de piel blanca, y unos grandes ojos verdes. Pelo rojo y largo, ondulado con un recogido delicadamente con un lazo de los mismos colores que su vestidito de encaje, de colores rosados.
La otra muñeca era rubia, de ojos azules. Pero llevaba el pelo suelto y un vestido exactamente igual que el de la otra muñeca de porcelana, sólo que era de color blanco.
Recordé “aquellos maravillosos años” en que en algunas de mis amiguitas y yo nos traíamos las Barbies al recreo y jugábamos animadamente durante toda la hora. ¿Cuántos años tendría? ¿Siete? ¿Ocho?
Estuvimos algo así como hora y pico jugando. Por suerte, en ese tiempo, Eric no vino a molestar.
Mientras peinaba con las manos la muñeca rubia, le pregunté a Angela: -¿Y tu hermano juega a esto contigo?-Se me escapó una risita al imaginarme a Eric vestido con la misma ropa que las muñecas y diciendo “¿Desea un poco más de té, señorita Madeleine?”
–No, siempre está con Alexander…
Miré a Angela interrogante.
– ¿Alexander?
–El amigo de Eric-Me aclaró.
Tiembla. Si Eric de por sí era insoportable imagínate si eran dos.
Miré por la ventana. ¿Ya había oscurecido…? Se me había pasado la tarde volando.
-Bueno, Angela, creo que ya va siendo hora de que lo vayamos dejando.
Me miró con cara de corderito degollado.
-¿…Ya? ¿No podemos jugar un poco más?
Cerré los ojos para soportar ese repentino ataque de dulzura infantil. Con un esfuerzo, dije:
-No… Venga, vamos a guardarlo todo. Te prometo que mañana jugaremos otra vez.
Angela se quedó callada durante un rato. Quieta y mirando al suelo. Finalmente, cedió y guardó la muñeca pelirroja en el baúl. Yo metí la rubia y lo cerré con cuidado. La tapa pesaba un poco, seguramente si la dejaba caer haría un estruendo horriblemente desagradable.
Angela se quedó en la habitación un rato más en la habitación y yo bajé a la cocina a ayudar a Jane con la cena. Bajé de nuevo por las escaleras. Me quedé parada a la mitad de la escalera. Antes había explorado la casa, pero… ¿Dónde estaba la cocina? Volví a subir y entré en la habitación de Angela. Mientras abría la puerta pregunté:
-Angela, ¿Me dices donde está la…?
Me di cuenta de que se quedó dormida encima de la cama. Parecía un angelito. La cogí en brazos y pude sentir como respiraba regularmente. Pasé de cogerla con los dos brazos a cogerla con uno solo mientras separaba las sábanas y ponía a Angela sobre la cama. La tapé con las sábanas mientras tarareaba una nana, la primera de la que me acordé. Cuando terminé le deseé las buenas noches y salí de la habitación.
En fin, tendré que buscarla yo misma…
Decidí empezar desde el piso en el que estaba. Ojeé rápidamente casi todas las habitaciones. Todas excepto la que se encontraba justo enfrente de la de Angela: La de Eric.
La habitación del sirviente-donde no había ni rastro del sirviente-, La de Jane y, me imagino, que de su marido, el músico. El baño, la escalera…Nada. No había cocina.
Bajé por las escaleras y me dejé guiar por el olor de la comida. En la habitación del piano era bastante más débil, y en el piso de arriba no había ni rastro del aroma. Fui consciente de que en la habitación de la escalera no sólo estaba eso. Me fijé que a un lado había una puerta. Entré. Había otro largo pasillo, como el que unía la entrada con la sala del piano. A excepción de que éste tenía algunas puertas. Empecé por ir al fondo a la derecha. Las habitaciones que buscas casi siempre están en esa posición. No. Había un baño pequeño. Recordé que la ley del fondo a la derecha sólo funcionaba con los cuartos de baño. Salí y anduve por el pasillo entré en la habitación del fondo. El olor era bastante más fuerte. Estaba cerca. Sonreí. Había una larga habitación con mesa incluida. Era el comedor. Fui consciente de que al fondo había otra puerta abierta del que salía un poco de humo.
-¿Jane? ¿Estás aquí?-Pregunté a media voz.
-¡Sí! ¿Deseas algo?- Contestó un poco más alto.
- ¿Quieres que te ayude en algo?
- No, ya está todo. Si quieres, avisa Angela y Eric.
Escuchar ese último nombre me produjo un desagradable escalofrío.
- Angela se ha quedado dormida.
Jane soltó una risita dulce y cristalina.
-¡Despiértala! Dormir puede dormir luego. Comer no puede comer hasta mañana.
Se me soltó una risilla ante aquel original comentario.
-Lo haré.
Salí al comedor y fui hacia la escalera. Mientras caminaba por el pasillo, me di cuenta de que me sorprendía muchísimo el hecho de que, a pesar de tener tanto dinero- No lo habían dicho, pero lo suponía-, la familia era muy hospitalaria. Y, por ahora, me habían recibido con los brazos abiertos. Era extraño. Demasiado extraño.
Subí las escaleras y entré en el cuarto de Angela. Seguía durmiendo.
Le acaricié la mejilla con las yemas de los dedos.
-Angela, despierta.- Susurré.
Angela se movió un poco, pero no se despertó. Puse los ojos en blanco.
-¿Angela?-Dije un poco más alto. No reaccionaba demasiado.
-¡Angela!- Terminé casi gritando.
La niña abrió los ojos de par en par.
-¡Ah!-Exclamó.
-A cenar. Ve bajando. Tengo que avisar a Eric.
Angela salió de su dormitorio y bajo por las escaleras. Yo entré en la habitación de enfrente. Abriendo la puerta de par en par, haciendo acto de mi presencia.
-¡Eh, Da Vinci! ¡Baja a comer!-Le dije en un tono despectivo mientras abría la puerta.
“Da Vinci” se levantó y salió de su dormitorio. No le presté atención a lo que tenía en la habitación. Me importaba un pimiento. Bajé las escaleras.
Minuto y medio después, estábamos todos en el comedor.
VISITA AL PARQUE DE LAS CIENCIAS
Hace 7 años
4 comentarios:
Wowowo como moolaaa!! Me gusta como escribes. Yo también hago mis pinitos con la escritura, pero me suelo atascar con todo.
Sayoo^^
Wooo *¬*
Es precioso.. escribes muy bien =)
A mi me pasa como a ´Hoshi, escribo mis historias, pero me cuesta seguirlas.. o no me apetece xD
Pon el próximo capítulo pronto, ¿sí? *¬*
Vaya O//o
No se que decir...
¡Gracias!
Yo me suelo atascar que no veas también...
Pero con esta no me pasa! ^o^
Pues eso es que tiene futuro =3
ya verás como la acabas ^o^
a mi me pasó lo mismo con otra historia.. juju..
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